
A veces no importa que tan bien o que tan mal te sientas con vos mismo, la vida te da pequeños momentos de gloria y satisfacción personal que te sacan del pozo. Lo mas importan es que son pequeños, diminutos, y a veces casi invisibles. Te despejan la cabeza y algunos incluso te hacen creer que hay alguien allá arriba (no, no hablo del Penthouse) que se preocupa por quien sos y que es lo que te pasa. Hace unos años, cuando laburaba en teleperformance, había terminado una llamada de una hora con una cliente re boluda que me había retrasado el break, precisamente, una hora. Estaba parado en el break room mirando por la ventana, haciendo fuerza para despejar la cabeza, tratando de relajarme, cuando escucho un golpe detrás mío. Obvio, cuando me doy vuelta no había nadie. Estaba solo desde el momento en que había entrado en ese cuarto, pero el ruido venia de la maquina de coca cola. Me acerco, y descubro que la maquina, por alguna razón bizarra de alineamiento de los planetas había tirado, completamente gratis, una botellita bien fría. Y ahí, en ese momento en que más lo necesitaba, el universo (o Alá, o Yahvé, o Jehová o, Buda, o Zeus, o Ra, u Odín, o Júpiter) me regaló 230cc de gaseosa para mi refresco personal.
Hoy llegue al laburo, abro mi cuenta de mails y me encuentro con que me había ganado una clase gratis de golf en un sorteo que hace ashiwea. Es una boludez, pero me dio 20 minutos de apreciable felicidad.



















